Inauguramos en nuestras oficinas una nueva edición de Colección privada, con una exposición de las obras de Alicia Moneva, fotógrafa y pintora, y Gilles Courbière, escultor, bajo el título de Engranajes.

Recogemos unas ideas sobre la obra de Gilles que nos envía Pablo Llorca, director de cine.

 

¿Quién es Gilles Courbière?

 

 

La inclusión de Gilles Courbière en una exposición colectiva titulada “La cicatriz interior”, que tuvo lugar en Madrid en 1998, sorprendió a algunos. La muestra desarrollaba el reflejo directo en sus obras respectivas de un grupo amplio de artistas que trabajaban a partir de elementos biográficos más o menos desarrollados.

De la obra de Gilles Courbière no se esperaba que tuviese esa impronta. Sus redes de bambú, por ejemplo, aparentaban una filiación japonesa sin vínculos con lo personal, lo sicológico, ni cosas parecidas. Su espíritu denotaba lo opuesto, algo más vinculado a lo zen. Sin embargo, de la red que dispuso en la exposición emanaba un aroma expresivo, sobre todo a partir de su curvatura en tensión, agarrada por un cable que, de no existir, obligaría a la retícula a un movimiento violento de corrección. Para el que conociera las circunstancias de la vida de su autor, cabía la posibilidad de que algo personal se hubiera filtrado ahí. Y el que no las conocía, podía intuir que la calma horizontal de sus redes había sido alterada en modo importante.

Pero que se sepa: esa tensión se había limitado a aquella obra y lo japonés volvió a dominar el espíritu courbièriano. De aquel trabajo hace veinte años y desde entonces, parece que sus esculturas volvían a ser impermeables a influencias personales de él mismo, cuya mano parecía desconectada de su pecho. Sin embargo, su obra última vuelve a guardar sorpresas.

Gilles Courbière tiene una trayectoria larga. De manera constante, sin distracciones que le aparten de su voluntad, su obra ha alcanzado un rigor de mucho peso, el cual, y pese al camino recorrido, no muestra síntomas de repetición o de amaneramiento. Ventajas del que sigue ilusionado con la tarea y que, libre de pleitesías que acaban minando el ánimo, mantiene energía e ilusión.

Parecidas y al mismo tiempo diferentes a otros trabajos suyos anteriores son las esculturas que realiza en la actualidad. Si uno recuerda incluso las pequeñas piezas que realizaba en París ya a mediados de la década de 1980, o los paisajes coloreados, tan delicados, que comenzó a fabricar tras su llegada a Madrid hace unos veinticinco años, no puede subrayar cuánto tenían de orgánicas, y también de japonesas. Delicadas y hermosas, en las que introdujo una policromía sutil, era posible apreciarlas como alusiones a un paisaje que no se manifestaba de manera evidente, pero estaba ahí. Y, segunda posibilidad complementaria, también como pequeñas maquetas de algo que podía tener sentido pleno con un tamaño mucho mayor.

Tras ese conjunto ha habido otras muchas propuestas, e incluso obras anómalas como la mencionada al principio. A lo largo de todas ellas sin embargo se ha establecido una línea de renovación fluida, un continuo que, como la vida, refleja renovación y permanencia. En otras ocasiones he comentado que creo que ante todo su obra está basada en la fluidez y en la armonía, y que aquellas esculturas antiguas ya denotaban la voluntad de un movimiento físico, del que sin embargo carecían en la realidad. Así que, como es lógico, no resulta extraño, todo lo contrario, que un paso posterior haya sido dotar de movimiento a sus piezas, convertidas muchas de ellas en máquinas.

Antes de una serie reciente, en la cual está inmerso en la actualidad, hay que detenerse en otro conjunto de esculturas realizadas en madera policromada (como veremos luego, un material noble como la madera coexistió con otros industriales como el metacrilato o el hierro, con poleas y engranajes). Las llamadas Gradientes son piezas de volumetría sólida, que parecen alejarse de la levedad de buena parte de sus esculturas. Pues si estas suelen ser ligeras, con una relación de fluidez y poca gravedad en el espacio, aquellos bloques sólidos tienen un peso preciso, apenas aliviado por el hecho de estar pintados con colores suaves. Ese conjunto, no obstante, ha evolucionado hacia una serie más marcada por la curva y por los colores, esculturas que parten de una relación con lo científico. Se trata de piezas semicirculares, con campos cuyas divisiones están marcados por gradientes. La estructura rigurosa y las formas geométricas básicas se contraponen y equilibran con el uso de los colores con los cuales están pintadas, en un balance de estímulos contrapuestos que me recuerda las propuestas, entre el cálculo y lo sensual, que llevaba a cabo Sol Lewitt en sus pinturas en las paredes.

Tras esos trabajos en los que equilibra tensiones, Gilles Courbière ha acometido un conjunto importante de piezas que son artefactos, máquinas sencillas, construidas con poleas, cables, tuercas y otros engranajes, y que se mueven. Nadie debe pensar que estas piezas son máquinas como las de Tinguely o Niki de Saint-Phalle. Por supuesto que para ellas rige también un mecanismo de precisión, y que incluso a veces también se ha buscado un elemento anómalo como el ruido chirriante, pero se trata de trabajos en los cuales la fluidez de lo orgánico sigue presente. A través de un mecanismo armónico, de un movimiento continuo y suave –si bien no siempre ordenado- y de un empleo hermoso de los materiales y de los colores que usa. Esos materiales no siempre establecen entre sí una relación de armonía, y algunos más chirriantes como el metacrilato de varios tonos también se han colado. Pero al final siempre aparece la armonía en la relación entre los diversos componentes; una vocación por el contraste integrado, no estridente, tan propio de sus piezas.

¿La armonía elimina la existencia de un trasfondo? Ahí salta la sorpresa de las piezas recientes. Si al comienzo he aludido a aquel trabajo antiguo de la red en tensión ahora hay que fijarse en un acento que marca a estas últimas, un tono melancólico proyectado en ellas a través de la memoria. Hay que fijarse en su uso no accidental del sonido, que con frecuencia se convierte en eso que antes he llamado ruido chirriante. Que esas máquinas generen un ruido así quiere evocar sonidos que Gilles Courbière escuchaba habitualmente durante su infancia y adolescencia. “Durante años, de día y hasta bien adelantada la noche, el murmullo lejano de las fábricas o los ruidos rítmicos de los trenes en salida hacia París, provocaban en mí muchos sentimientos, de melancolía o de paz”. Una evocación hermosa.

 

Pablo Llorca

Director de cine, escritor, guionista, productor y editor