La escalada de tensión en las relaciones comerciales entre China y EEUU no amainaba, sino que se agudiza en los últimos días de agosto.  Y, sin embargo, la Administración Trump parecería estar dispuesta a alcanzar acuerdos con “los países aliados”  – México, Canadá y UE.

El crescendo de tensión, firma del Presidente americano, tenía su inicio el 23 de enero con la imposición de aranceles sobre paneles solares y  lavadoras;  continuaba el 8 de marzo con nuevos aranceles sobre el acero y el aluminio; y ya el 15 de junio el ataque se dirigía directamente contra China, y su industria tecnológica: con la imposición de aranceles del 25% sobre $50 mil millones de productos tecnológicos chinos.  A esta última ronda respondía China con igual montante de aranceles sobre productos agrícolas y de consumo americanos.

China, hasta ahora, no ha vacilado en dar cumplida respuesta a las medidas comerciales de EEUU.  Y, ante la nueva, y reciente, amenaza de Trump de imponer nuevos aranceles del 25% sobre otros $200 mil millones de productos chinos, Pekín anunciaba que ya tiene preparada una lista con $60 mil millones adicionales de productos americanos para, llegado el caso, gravarlos con nuevos aranceles de entre el 5 y el 25%.

Y, sin embargo, el conflicto entre ambos países tiene difícil solución, ya que EEUU se siente amenazada, y no solo en su economía,  ante el rápido avance de China en tecnología e innovación.  La disputa comercial no es, por tanto, más que un disfraz de un conflicto de carácter estructural, de liderazgo.  Un conflicto que se centra en la rápida convergencia de China en tecnología e innovación, que, a juicio de la administración Trump, se ha logrado mediante  políticas de “forzada transferencia de tecnología” y de “robo de la propiedad intelectual”.

La Administración Trump redoblaba su ataque a la industria tecnológica china, y además de la imposición de aranceles, imponía restricciones a la inversión directa de empresas chinas en su sector de alta tecnología,  sancionaba con una multa de $1,4 mil millones a la empresa de material de telecomunicación ZTE  y, viene exigiendo que China modifique sus políticas industriales de largo plazo tendentes al liderazgo tecnológico.

Según cálculos de AXA-IM, el impacto directo de la guerra comercial, actualmente en progreso, sobre las exportaciones y la economía china en general sería limitado.  Sin embargo,  los impactos indirectos podrían ser múltiples, inciertos, más complejos y potencialmente más dañinos. Entre estos efectos indirectos, o de segunda ronda, estarían, por un lado, en China la reducción de la inversión y el empleo de las empresas exportadoras afectadas y, por otro lado, a nivel global, el debilitamiento del crecimiento por las distorsiones en las cadenas de producción y por las condiciones financieras más restrictivas.

Además, una guerra comercial larga, que restrinja el acceso de productos chinos al mercado americano, debilitaría la competitividad de China en las cadenas de producción globales y, en consecuencia, la inversión directa exterior;  particularmente en la manufactura de productos de tecnología sofisticados y de alto valor añadido.  Esto, pondría el crecimiento económico de China bajo presión y obstaculizaría su convergencia tecnológica a medio plazo.

Para protegerse de los crecientes riesgos a la baja para su economía, Pekín habría comenzado a ajustar la política de inversión en infraestructuras y a relajar la política de crédito.  Y, sin embargo,  a juicio de AXA-IM, China, pese a las acusaciones recientes de Trump, se habría abstenido de usar la devaluación de su divisa, el yuan, para luchar en la guerra comercial.  Ya que Pekín, sería consciente del  riesgo de reavivar las salidas de capital, como ocurrió en agosto de 2015, y de provocar una mayor hostilidad de EEUU.  La depreciación reciente del Yuan, no habría sido, por tanto, consecuencia de una política deliberada, sino el resultado de las fuerzas del mercado.

Fernando González Cantero

Presidente de PBI Gestión AV