Es un hecho que el crecimiento mundial se ha desacelerado en 2018 y es previsible que en 2019 continúe ralentizándose, en mayor o menor grado. La hostilidad de la Administración Trump hacia el multilateralismo y los tratados de libre comercio, y su postura a favor de la renegociación de acuerdos comerciales bilaterales, han producido ese lastre en 2018. Las tensiones con China son de especial relevancia, con un alcance que va mucho más allá de las diferencias en materia comercial. Por otro lado, la política monetaria también se viene endureciendo con el final de la “flexibilización cuantitativa” y las subidas de tipos de interés. 2019 será el primer año, desde la crisis financiera mundial, en el que los balances de los bancos centrales finalicen el año más pequeños de lo que lo comenzaron.

La desaceleración del crecimiento perjudicaba especialmente a los activos de riesgo –bolsas, renta fija corporativa y materias primas– y favorecía a la Deuda Pública y a los activos refugio. La divergencia entre el auge de la economía americana, gracias al impulso de la rebaja de impuestos, y la notable desaceleración en las economías de la Eurozona y China, empujaba al dólar al alza y, por consiguiente, tensionaba a los países emergentes más frágiles, como es el caso de Argentina y Turquía. La caída de las bolsas se aceleraba con el inicio del último trimestre ante la afirmación de Jerome Powell, Presidente de la Fed, de que los tipos estaban aún lejos de su nivel neutral y, como consecuencia, también, de los resultados de Facebook y Amazon, que reflejaban una ralentización del crecimiento en el tercer trimestre.

Según los pronósticos de la Reserva Federal, la economía americana entraría en una nueva fase de desaceleración cíclica que llevaría al crecimiento, desde el 2,9% de 2018, al 2,4% en 2019 y al 1,5% en 2020. Las causas: el decaimiento del impulso fiscal, el impacto negativo de las políticas comerciales restrictivas y el endurecimiento de la situación financiera. La Fed, después del alza de tipos en diciembre es probable que ponga término al ciclo de subidas de tipos en 2019 para dar paso en 2020 a un nuevo ciclo de relajación de tipos.

La economía de la Eurozona, que iniciaba su ciclo expansivo con dos años de retraso frente a la americana, sin embargo, después de un 2018 decepcionante –es preciso recordar que a finales de 2017 se anticipaba una aceleración del crecimiento– ya se encuentra en fase de desaceleración con un crecimiento que se estima del 1,9% en 2018 frente al 2,5% de 2017. De cara al futuro, la incertidumbre política –la posibilidad de un Brexit duro– y el contencioso de EEUU y China sesgan las expectativas a la baja. Para 2019 se prevé un crecimiento del 1,4% y del 1,2% en 2020. Con ese panorama, y ante la ausencia de presiones inflacionistas, el BCE probablemente sea prudente y mantenga los tipos de interés, a la espera de que se clarifique la situación, por lo menos hasta septiembre de 2019.

La escalada de proteccionismo es la razón principal para la desaceleración económica que se espera en China en 2019: se prevé que el crecimiento se sitúe en el 6,1% frente al 6,6% de este año. Los últimos datos del PMI manufacturero publicados a finales de año ponen en evidencia el deterioro de la economía. La guerra comercial con EEUU no solo ha debilitado el comercio, sino también la demanda interna. El mercado laboral también se ha deteriorado, lo que sugiere que son necesarias nuevas y urgentes medidas de estímulo para frenar el deterioro. Es previsible que el banco central (el PBoC) acelere la flexibilización monetaria reduciendo el coeficiente de reserva y, probablemente, los tipos de interés. La política fiscal del gobierno será cada vez más expansiva, en forma de aumentos del gasto en infraestructura y rebajas de impuestos para hogares y empresas.

Por otra parte, China deberá mantener –e incluso acentuar– las políticas estructurales que le demanda el resto del mundo y que pueden ayudar a apaciguar la tensión con los EEUU: fortaleciendo la protección de la propiedad intelectual, liberalizando los mercados financieros y la inversión exterior y reformando las empresas públicas.

A lo largo de 2018, los mercados emergentes han sufrido por el endurecimiento de las condiciones financieras globales –apreciación del dólar y aumento de tipos en EEUU–. Y, sin embargo, las economías emergentes han resistido bastante bien pese a la inestabilidad en algunos países concretos como Turquía y Argentina. En 2019 se espera que la demanda interna, en especial por el tirón en grandes países como Brasil e India, compense la posible desaceleración del comercio exterior por la guerra comercial de EEUU con China. Por tanto, es previsible que el crecimiento de las economías emergentes se situé en el 4,6% en 2019.

Según AXA IM, las  desaceleraciones cíclicas, más pronunciadas, suelen ser más frecuentes. De hecho, “las economías que se enfrentan a un entorno de desaceleración, normalmente desarrollan un círculo vicioso de confianza decreciente, que reduce el consumo y la inversión”. La confianza decreciente se retroalimenta, también, de las caídas de los mercados de valores.

Un mayor deterioro de las economías todavía no es inevitable, si bien, el riesgo por las distintas situaciones geopolíticas, se inclina más a un empeoramiento. En efecto, el comportamiento del mercado en los últimos meses respondería al temor a un aterrizaje brusco de las economías por la escalada de la guerra comercial, el endurecimiento de la política monetaria americana y ante la posibilidad de un Brexit duro. Sin embargo, el devenir de los acontecimientos podría ir, o no, confirmando esos temores que, en buena medida, ya reflejan los precios de los activos.

Nos mantenemos muy atentos para calibrar la evolución de los acontecimientos y aprovechar las oportunidades que vayan surgiendo.

Fernando González Cantero

Presidente de PBI Gestión Agencia de Valores