El 25 de julio, en la conferencia de prensa tras la reunión del Consejo de Gobierno del Banco Central Europeo, Mario Draghi promovía una nueva cruzada, que dejará en herencia a su sucesora Christine Lagarde. Mario Draghi daba a entender que el BCE tendría la intención de hacer de nuevo “lo que fuera necesario” –en 2012 en defensa del Euro– para resucitar la anémica inflación.

Sin embargo, en la parte expositiva del comunicado de la reunión del BCE, que se refiere a las decisiones de política monetaria, no se anunciaba una revisión formal del objetivo de inflación. El Consejo de Gobierno se servía del párrafo dedicado a la orientación de la política monetaria para cambiar la referencia habitual de “actuar para situar la inflación por debajo pero próxima al 2%”, a “actuar conforme a su compromiso de simetría en el objetivo de inflación”. Draghi reforzaba dicho cambio de orientación al afirmar: “no nos gusta lo que observamos en el comportamiento de la inflación y la referencia a la simetría significa que el BCE no se impone un límite máximo del 2%”. La inflación podría, por tanto (a partir de ahora) desviarse a ambos lados (del 2%)”.

El BCE también anunciaba que ha encomendado a “los comités del euro-sistema pertinentes” la búsqueda de otras opciones para relajar la política monetaria, incluidas la introducción de cambios adicionales en la orientación a futuro sobre los tipos oficiales, la aprobación de un sistema de tramos para mitigar los costes para los bancos del tipo de depósito negativo, y opciones para el tamaño y la composición de posibles nuevas compras netas de activos.

El BCE sentaba, por tanto, las bases para una nueva relajación de la política monetaria en septiembre. El cambio de su orientación a futuro indicaría que un recorte del 0,1% en el tipo de depósito, actualmente en el -0,4%, estaría ya decidido. La tasa de depósito quedaría en -0,5% en septiembre y ello vendría acompañado de medidas para mitigar el coste de los tipos de interés negativos para los bancos. Se espera, por otra parte, que el BCE agregue en septiembre una referencia más explícita a la posibilidad de lanzar una nueva ronda de compras de activos (QE).

Pero un programa QE lo suficientemente grande para ser efectivo, requeriría cambiar las limitaciones actuales a la compra de activos: tanto la llamada “clave de capital” que limita las compras de deuda de cada país a su participación porcentual en el capital del BCE, como el techo del 33% por cada emisor. De no cambiarse dichas limitaciones, el nuevo QE podría tener una entidad (cuantía) inferior a lo que espera el mercado.

Además de la importancia y entidad del nuevo QE, cabe también cuestionarse las condiciones que tendrían que darse para garantizar su eficacia en el relanzamiento de la inflación y la reactivación del crecimiento. No resulta previsible que una nueva ronda de QE –aún con tipos todavía más bajos– vaya a estimular la inversión empresarial o el consumo, en un entorno en el que no se dan signos evidentes de que los bancos estén restringiendo el crédito. Pero es que además, en los

Los últimos años las empresas de la Eurozona han venido aprovechando los efectos beneficiosos sobre las condiciones financieras del QE, más para sanear sus balances que para expandir su actividad.

Por lo tanto, según AXA IM, con el nuevo QE combinado con un objetivo de inflación simétrico, el BCE estaría tratando, esta vez, de forzar el mecanismo de trasmisión de la política monetaria a través del gasto público. Para ello, el BCE necesitaría negociar y acordar con los grandes países de la Eurozona la aplicación –por ello mismos– de políticas de estímulo, reflación, fiscal a cambio, posiblemente, de limitar los efectos perjudiciales del QE sobre las entidades bancarias y la remuneración del ahorro. Y, sin embargo, hasta la fecha, la política de compra de activos (QE) aplicada desde 2012, no ha influido sobre la planificación fiscal de los distintos países de la Eurozona y, por ahora, es poco probable que esto vaya a cambiar.

En efecto, dado que los últimos indicadores de la economía alemana resultan bastante preocupantes, habría argumentos sobrados para tratar de compensar la falta de tracción de la demanda externa con medidas de impulso interno. Pero las señales que emite el Gobierno alemán no son muy alentadoras. El ministro de finanzas, Olaf Scholz, declaraba en Bloomberg, justo antes de la conferencia de prensa de Mario Draghi el 25 de julio, que el Gobierno alemán no tiene planes de relajar la política fiscal ya que, según señalaba textualmente: “no resulta necesario ni prudente actuar como si la economía alemana estuviera en una crisis”.

Fernando González Cantero

Presidente de PBI Gestión Agencia de Valores