El contagio por el coronavirus se tornaba en generalizado la última semana de febrero. Cundía el pánico, lo que provocaba que en Japón se cerrasen escuelas, en Alemania y otros países se impusiesen prohibiciones a la celebración de determinados eventos y que el caos se apoderara de los mercados financieros.

Los expertos sitúan la tasa de mortalidad del virus en tan solo un 2%. Y, seguramente, la incidencia fatal sea muy inferior, dado que muchos de los casos más benignos pasan desapercibidos para el recuento oficial según la propia OMS. Para las personas contagiadas, por tanto, es poco probable que su caso devenga en grave o mortal. Sin embargo, el miedo, la angustia, viene, por un lado, de la rápida y amplia propagación, infectando a suficientes personas para acumular un recuento de fallecidos importante y, por otra parte, de que las medidas necesarias para detener el contagio hagan tambalearse a las economías, como ya ha ocurrido en China.

Hay un riesgo cierto, por tanto, de que el pánico, la psicosis, provocada por el contagio global del coronavirus se acabe convirtiendo en una profecía autocumplida. El estado de caos en los mercados financieros puede provocar reacciones de pánico en políticos, consumidores y empresas. Por otro lado, la descoordinación y el caos que traslucía, por ejemplo, la Administración Trump en su respuesta la última semana a la llegada del coronavirus, se ha visto que provoca el desplome de la bolsa americana, con efecto arrastre sobre el resto de bolsas mundiales. Por tanto, hay una clara interdependencia entre el comportamiento de los mercados financieros y el estado de la opinión pública: se retroalimentan. En una situación tan cambiante, la rebaja de la tensión va a depender del flujo de noticias en los próximos días y semanas.

Si bien hay, todavía, muchas incertidumbres en torno a la duración del brote del coronavirus, en torno a su extensión geográfica y al grado de parálisis de la actividad económica en los distintos países, se manejan, no obstante, dos tipos de escenarios para la economía: una recuperación más o menos rápida en forma de V y una recuperación más o menos lenta en forma de U.

Por otro lado, aun siendo cierto que la epidemia por el coronavirus se encuentra en una nueva fase de rápido afloramiento de nuevos casos fuera del foco inicial en China, es importante recordar que en China los primeros contagios se producían en diciembre, que China tardaba un mes en reaccionar y que, sin embargo, el brote epidémico estaría en la actualidad aparentemente contenido en la mayor parte del país. Cabe, por otra parte, pensar que las autoridades sanitarias de los distintos países han tenido tiempo de preparase para la llegada del contagio –algo que era totalmente inevitable, tarde o temprano–. Lo mismo cabe pensar de las autoridades económicas: por tanto, los tiempos de reacción van a ser mucho más rápidos que en China para contener las consecuencias del brote epidémico.

El Gobierno chino, que ha tomado medidas muy contundentes de estímulo y de contención del virus, estaría ya animando a la mayoría de la población a regresar al trabajo, lo que ya se refleja en datos del tráfico portuario. Si esto se prolongara en una normalización progresiva de la actividad, una gran parte de la producción industrial que se ha perdido en el primer trimestre podría compensarse con una producción más fuerte en el segundo y tercer trimestre. Y, si bien el contagio global va a ralentizar la recuperación, el éxito de las medidas del Gobierno chino en relanzar la economía supondría una inyección de confianza generalizada permitiendo una recuperación rápida y benigna en “forma de V”. En los mercados financieros la volatilidad extrema volvería a disminuir, regresaría la confianza y el período actual de extrema aversión al riesgo tocaría a su fin a medida que cada vez fuera más claro que la disrupción, con origen en el coronavirus, será temporal y limitada.

En un escenario distinto, la normalización de la actividad en China podría resultar fallida, generándose un nuevo rebrote de casos de contagio que obligue al Gobierno a detener el proceso de normalización de la actividad. Las autoridades sanitarias en Europa y EEUU podrían no ser capaces de contener, además, el brote en las próximas semanas, viéndose forzados a tomar medidas más drásticas para combatir la epidemia. En este escenario la producción global no se repondría con fuerza en el segundo trimestre y hablaríamos de que la recuperación sería en “forma de U”, después de un primer trimestre ya extremadamente débil. Por otro lado, aumentaría el riesgo de crédito, lo que llevaría a un endurecimiento de los préstamos y las condiciones financieras. Esto también perjudicaría a sectores y segmentos de la economía más orientados a la demanda doméstica y metería en recesión a economías más dependientes de la exportación como Alemania e Italia.

A nivel mundial, la reacción de las autoridades está siendo muy rápida, con medidas para limitar el contagio epidémico. Desde los bancos centrales y gobiernos ya se empiezan a emitir señales –declaraciones del presidente de la Fed Jerome Powell, del ministro alemán de Finanzas Olaf Scholz, presupuesto extraordinario de €3.600 millones en Italia, etc– de estar prestos a tomar medidas para paliar las consecuencias sobre la economía. Ante el riesgo de un empeoramiento de la situación, los bancos centrales se verían obligados a actuar de forma preventiva rebajando los tipos de interés y/o inyectando liquidez para suavizar las condiciones financieras para las empresas. La crisis del coronavirus requiere, por otra parte, de todo tipo de medidas fiscales y de regulación financiera, sostenidas en el tiempo, para dar oxígeno prolongado a los sectores más afectados.

La actitud proactiva de las autoridades económicas debería contribuir favorablemente a la relajación de la extremada volatilidad de los mercados financieros.

Fernando González Cantero

Presidente de PBI Gestión Agencia de Valores