Tras varios meses de sacudidas en los mercados financieros, ante la perspectiva de un cambio de ciclo en las políticas de los bancos centrales, los inversores se enfrentan a un nuevo desafío por la invasión de Ucrania.  La crisis geopolítica amenaza con frenar el crecimiento económico en Europa, en un momento en que la inflación está en su nivel más alto en 40 años.  La Fed, por otra parte, estaría lista para subir los tipos de interés por primera vez desde 2018.  Los mercados desde el inicio de la invasión, registraban fortísimas oscilaciones como señal de la inquietud de los inversores ante la impredecible dinámica económica y geopolítica del momento.  Pese a todo, por ahora, los mercados principales mantienen una relativa calma, ante lo grave de la situación, pero su comportamiento es muy dinámico y en cualquier momento podría cambiar la situación.  Es imposible juzgar hasta dónde puede llegar Putin en su intento de derrocar al gobierno elegido democráticamente en Ucrania.

Por ahora, Ucrania estaría plantando cara a los tanques rusos con sus propios medios y con la ayuda de material militar que empieza a llegar desde todos los puntos.  Por otra parte, EEUU, Europa y sus aliados acordaban imponer una batería de sanciones a Rusia, que van endureciendo con el paso de los días, y que podrían terminar con su expulsión total del Sistema Swift de pagos internacionales, aislando totalmente al país.  La escalada de la invasión rusa provocaba, por otra parte, un cambio histórico en la política de defensa alemana.  En una sesión especial del parlamento alemán, el canciller Olaf Scholz autorizaba la exportación de armas a Ucrania y prometía una renovación masiva de las fuerzas armadas, anunciando planes para elevar el presupuesto de defensa por encima del 2% del PIB. 

En un entorno de “shock geopolítico” como el que encara Europa tras la invasión de Ucrania, el crecimiento y la inflación se verán probablemente afectados.  El aumento de los precios del gas natural en Europa sería el riesgo principal para el crecimiento de la renta disponible de los hogares en Europa, lo que a su vez probablemente afectará al consumo.  La confianza empresarial también podría debilitarse y es probable que el aumento de los costes de la energía reduzca los beneficios y la inversión de las empresas en Europa.  Por el contrario, la exposición de EEUU a los aumentos del precio del gas natural es menor, pero la presión indirecta al alza sobre los precios del petróleo tendría un impacto más directo en el consumidor americano.  El conflicto podría elevar la inflación aún más y de manera más persistente en los próximos dos años.

La invasión de Ucrania suscitaba un debate sobre el futuro de la energía europea y, en particular, sobre el suministro de gas natural. La producción de gas natural de Europa ha estado en continuo declive debido al agotamiento de los yacimientos de los Países Bajos y el Mar del Norte.  El continente obtiene alrededor de una cuarta parte de su energía del gas natural y, para satisfacer la demanda, las importaciones procedentes de Rusia han venido aumentando en los últimos años.  En 2019, Rusia proporcionaba más del 40% de ese gas y es posible que Putin, en represalia por las sanciones que le vienen imponiendo, decida cortar el suministro de gas a Europa.   

Una fuente alternativa de energía sería el gas natural licuado (GNL), que generalmente se transporta por mar.  La duda está en determinar hasta qué punto el GNL, procedente de otros países, puede reemplazar al gas ruso como fuente de energía para Europa.  Los dos principales obstáculos de esta alternativa están en el establecimiento de acuerdos comerciales de suministro con los países exportadores de LNG y en la disposición de la necesaria infraestructura: plantas de licuefacción en los países de origen y de regasificación y almacenamiento en Europa.

Europa dispone de un considerable margen de capacidad ociosa de regasificación.  Las terminales europeas funcionaban al 45% de su capacidad el año pasado, según Energy Intelligence, aunque, según la revista The Economist, no todas estas terminales estarían en el lugar más necesario en la actualidad.  Alemania no tendría plantas de regasificación, mientras que, en España, que tiene una cuarta parte de la capacidad del continente, sin embargo, su infraestructura gasista estaría en gran medida aislada del resto de Europa.  España, con ocho plantas de regasificación, es el país con la mayor infraestructura para recibir GNL.  Ello convierte a España en una pieza clave, a día de hoy, en la alternativa del gas licuado para Europa.  España, según el periódico “El Economista” lleva varios días en los que ha comenzado a enviar gas al centro de Europa para tratar de hacer frente a un posible corte de suministro por parte de Rusia.  El sistema gasista español recibe, por otra parte, gas desde Argelia por el gasoducto del Medgaz, que está funcionando con normalidad.

El problema más apremiante, sin embargo, es la limitación que tienen los mayores países exportadores, EEUU, Australia y Qatar. Ya que, aunque tienen amplias reservas de gas, están ya todos exportando al límite de su capacidad.  Y, dado que se tardaría mucho tiempo en ampliar la capacidad exportadora, la esperanza a corto plazo para Europa estaría en conseguir desviar parte de los cargamentos de GNL destinados a otros países.  En tal sentido, el mercado global de GNL tendría cierta flexibilidad.  Ya que, dos tercios de todo el GNL se vende bajo contratos firmes a largo plazo con destinos fijos, y algunos titulares de importantes contratos, como Corea del Sur, Japón y China, y sus proveedores, estarían dispuestos a redirigir los cargamentos a Europa.  Japón, anunciaba a principios de febrero que cederá parte de sus importaciones a Europa en el mes de marzo, y se espera que la cantidad totalice alrededor de varios cientos de miles de toneladas.  En el pasado otoño y durante el invierno, debido a la caída de suministros rusos, las reservas de gas europeas se reducían a niveles mínimos, y las importaciones de GNL se disparaban.  También se disparaban al alza los precios, y la invasión de Ucrania solo ha venido a empeorar la situación.

El 10 de marzo se reúne, de nuevo, el Banco Central Europeo y el 15 y 16 de marzo lo hará la Fed americana.   Desde el punto de vista de los bancos centrales, el shock económico y financiero desencadenado por la guerra de Ucrania es ambiguo. Es probable que la inflación aumente aún más, pero es probable también que la economía se desacelere y tarde más en recuperar los niveles pre-pandemicos.  Todo ello, apunta a que los bancos centrales, en la medida de lo posible, decidan optar por mantener la máxima flexibilidad a la espera, también, de comprobar cómo se plasma la respuesta fiscal de los gobiernos y de la propia Comisión Europea en la Eurozona. 

Las consecuencias del “shock geopolítico” son todavía impredecibles y podrían ser de largo alcance.  Los mercados tendrán que valorar la situación, pero, en cualquier caso, lo inmediato es un aumento de la incertidumbre y, por tanto, del riesgo que invita a mantener la prudencia, estando al mismo tiempo alertas a las oportunidades que vayan surgiendo.

 

Fernando González Cantero

Presidente de PBI Gestión Agencia de Valores